viernes 29 de mayo de 2009

Tetas compartidas

Manuela (Manola, como la llaman en el barrio) tiene unas tetas de esas que se confunden con los michelines. Ella dice que donde hay carne, hay alegría y que moriría antes de convertirse en una flaca.
Manuela, Manola, no tiene edad, aunque es capaz de recordar historias de cuatro décadas antes cuando se escondía con sus compañeras a esperar a que los policías acabaran el turno para pasar un rato con ellas. Porque Manola es puta de toda la vida.

- Prostitutas son las finas, yo puta, nena, que es lo que hemos sido toda la vida aquí.
- Bien, pero ahora queda más fino lo de “señorita de compañía”
- Uy, compañía. Yo no tengo tiempo de acompañar ná más que a la Paca cuando va a ver a la médica para que le mire lo suyo

Lo de la Paca es un cáncer de mama que la dejó sin pecho hace ya algunos años, aunque Manola la consuela diciendo que ella tiene tetas por las dos. Por eso ella cobra “unos urillos más; que esto hay que pagarlo pa’ mantenelo”.

Manola sólo cuenta historias durante los partidos de fútbol. Cuando los clientes están sentados en el bar. Con el pitido final sale por la puerta agarrada de la Paca y esperan a los perdedores, “que son los que más pagan pa’ quitarse las penas”.


Esta noche han ganado todos. Manola se quedará sin euros, pero descansará junto a la Paca prestándole sus tetas.

jueves 12 de marzo de 2009

El mueble y las leyes de mi primo Isaac

Las gentes de letras tenemos, por definición, una seria limitación para entender las leyes de la física. Una puede recitar de memoria todas y cada una de las reglas ortográficas o gramaticales, pero es absolutamente incapaz de recordar una sola de las fórmulas extrañas que en segundo de BUP el catedrático de instituto garabateaba en la pizarra. Y eso a pesar de los intentos de aquel hombre por demostrar empíricamente las leyes de aceleración de los cuerpos lanzando el borrador contra nuestras cabezas, que no vean la velocidad que puede alcanzar la dichosa esponjita con mango de madera. Y lo que duele, leche.

En fin, que para las gentes de letras o al menos para la que escribe éstas, Newton es algo así como un primo lejano y antipático que creíamos borrado de nuestra memoria hasta que una tarde de domingo cualquiera vuelve del otro mundo (del purgatorio, más bien, que allí no hay gravedad e Isaac está más cómodo) y se manifiesta en todo su esplendor con el único objetivo de vengarse.

Que te has olvidado de mí; que prefieres las novelas y la historia a las ciencias exactas, pues voy yo y dejo caer tu librería cargadita de tanta palabrería con pastas duras sobre el suelo de tu salón recién pintadito y de paso araño tu pared marrón chocolate, la última moda en decoración.
Y entonces te posee el espíritu de tu profesor de Física y Química, que murió asfixiado por el polvo de tiza hace algunos años, y recuerdas a la perfección la segunda ley de Newton. Ésa que se refería a la fuerza y a la aceleración de los objetos y te lías a patadas con los restos de la librería. Y cuando se te acaban las fuerzas, porque se acaban aunque la física diga que no, te tiras al suelo y tratas de entenderlo todo.

¿Por qué mis libros se alían con un físico para fastidiarme el descanso dominical? ¿Por qué no escucharía lo suficiente en clase de Física? ¿Por qué…..? Y antes de caer en clase de Filosofía recuerdas: “Según las leyes físicas el espacio ocupado por un cuerpo es el volumen”. Ah, era eso, mis volúmenes-libros rebelándose.


Luego dirán que el saber no ocupa lugar o espacio. Y un huevo.

viernes 30 de enero de 2009

Vestido nuevo

Cuando Manuela despertó ya no había remedio. Sus esfuerzos por mantener aquella amenaza a raya habían sido en vano y no lograba entender en qué momento había perdido la batalla. Ahora tendría que aprender a vivir con ello. Sólo tuvo que buscar la manera de respirar.
Comenzó arañando desde el interior hasta conseguir abrir un pequeño orificio. Luego se limpió como pudo las manos y movió la cabeza para poder asomar la nariz. La entrada de oxígeno le permitió pensar más tranquilamente y entonces decidió abrir dos nuevos agujeros para sus ojos y otros tantos para los pies. Así llegó hasta el espejo del baño y pudo verse. No le quedaba mal. Quizás podría convertirlo incluso en una nueva moda para los tiempos de crisis, al fin y al cabo, era bastante barato. Sólo hace falta rendirse ante la pelusa y dejar que crezca a los pies de tu cama hasta que una mañana despiertes cubierta por ella.

viernes 9 de enero de 2009

Mente gráfica

Siempre he envidiado (sí, envidia, uno de esos pecados capitales que tanto sentimiento de culpa ha despertado en medio mundo) a aquellos que son capaces de crear a partir de la nada. Desde chiquitita (una vez lo fui), supe de mis limitaciones y de mi falta de imaginación. Mis barriguitas se aburrían enormemente ante mi incapacidad para inventar historias medianamente interesantes que las mantuviesen entretenidas.

Esto es así y yo he aprendido a vivir con ello. El único problema es que algo de remordimiento sí que siento y hoy he decidido confesar buscando la absolución del universo.

Así que, madre reconozco que he pecado. Este verano mi nivel de envidia superó todos sus límites cuando tuve la oportunidad de conocer a Pedro Peinado, un artista cordobés con una capacidad extraordinaria para convertir la cotidianeidad en arte. Una mente privilegiada a la que he aprendido a envidiar sanamente y de la que espero seguir disfrutando por lo mucho que es capaz de aportar.

Tengo que reconocerlo, además de mi nula inventiva y mi descarada envidia, poseo una inconfesable debilidad por exprimir el talento ajeno. Me gusta aprender de aquellas personas, que como Pedro, tienen un don del que se me debió privar cuando me diseñaron, así que me he convertido en una especie de pirata mental que descarga software ajeno para ir completando mi disco duro.

Espero, pues, la absolución, aunque, aviso, sin ningún propósito de enmienda.

martes 30 de diciembre de 2008

Querido Miguelito

Querido Miguelito (dos puntos y aparte)
Hace años que te busco con un único propósito: devolverte el triste favor que me hiciste hace ¿veintitrés años? Algo así, sí. Aquel día en el patio del recreo cuando te empeñaste en demostrar que los únicos reyes a los que he respetado en mi vida no eran más que fruto de mi imaginación y la visa de mi padre.
Sí, Miguelito, aquella mañana lograste hundirme. Te lo perdoné cinco años después cuando los cotillones y los niños de chaqueta sustituyeron al trío de Oriente en mi imaginario, devolviéndome la ilusión por las fiestas navideñas. Olvidé, pues tu traición durante varios años.
Pero ahora, cuando mi Navidad se reduce a borracheras de trabajo, comilonas familiares y desvaríos diversos con los amigos me he propuesto encontrarte para obligarte a acompañarme en una de esas noches de exceso en las que acabo vomitando hasta el último langostino a cuenta del alcohol de garrafa que, a 10 euros el buchito, despachan en los bares de moda. Entonces te arrepentirás de aquella cruel afirmación y tendrás que disfrazarte de Baltasar (en eso también he crecido y lo del negro me pone más que los barbudos) y dejar de madrugada en mi casa los presentes que espero desde hace veintitrés años cuando taché mi carta entera, a cuenta de un remordimiento de conciencia horrible, tratando de resarcir a mis padres de años de barriguitas, nacys y clics.
Atentamente (coma) se despide (centrado y en cursiva) “Tu ya sabes bien quién”

domingo 14 de diciembre de 2008

Josefa y el imperio de la Coca-cola

Cuando te despides de ella siempre responde igual. “Adiós y buena suerte”.
Cuatro palabras que ponen fin a las tardes de escapularios y limpiabocas. Así llama Josefa a los refrescos de Aquarius y a las servilletas de la cafetería del geriátrico donde vive los últimos años antes de llegar a su primer siglo de existencia.
“Yo no sé la palabra”, dice cuando su hija le recuerda el nombre del famoso refresco. Como si Josefa supiera algo de bebidas isotónicas o del emporio de la Coca-cola. Como si para ella existiera alguna diferencia entre una servilleta áspera, un clínex o cualquier otro útil hecho a base de celulosa. Al fin y al cabo todos están pensados para limpiarse la boca.

Algo que Josefa repite sistemáticamente antes de empezar a cantar “La falsa monea”. Una coplilla que repite para propios y extraños cada tarde de domingo ante su escapulario burbujeante. Porque Josefa, además de madre de siete hijos ha sido siempre muy aficionada a la copla. Claro que a estas alturas de su vida sigue siendo tan madre como entonces, pero su afición se reduce a eso, a la copla, que no a las coplas, y sólo es capaz de poner en pie la letra “que de mano, en mano va, y ninguno se la quea’”.
Como la suerte, que circula entre quienes la conocen, aunque pocos se la queden.

jueves 6 de noviembre de 2008

Teodoro se ha vuelto a enamorar

Teodoro se ha vuelto a enamorar. No ha querido seguir mis consejos ni escuchar los avisos en forma de alarma silenciosa que lanzaba su materia gris y se ha dejado llevar por las hormonas y la melancolía, así que ha rehecho su vida. Ha dejado de ser un golfo para convertirse en un señor serio y responsable. Se ha cortado la melena y se ha convertido en un hombre calvo. Ha dejado el gimnasio y se ha dado a la cerveza para cultivar, como dios y la ley del maridito perfecto mandan, los abdominales.

Pero, mira, que con todo me alegro por él. No sé por qué, pero ahora despierta a su paso un instinto de ternura irremediable para cualquier mujer. Antes inspiraba misterio. Es lo que tienen los solteros a partir de cierta edad, que son capaces de sacar de ti el instinto de amazona y te dan unas ganas horribles de salir a la caza y llevártelo como trofeo a casa o la cama, eso va según las ganas de compromiso de cada una. Las hay incluso que cuelgan sus cabezas en el salón para que haga bonito con la marina que le regaló la tía Puri en la boda.

Pero ahora, no. Desde que puso un punto y seguido a su vida, Teodoro no es la fiera a batir; es más bien el animal moribundo al que te dan ganas de ayudar porque de chiquita quisiste ser veterinaria y seguro que si lo mimas y le curas un poquito te será fiel y te dará cariño por los siglos de los siglos. Entonces ya no lo quieres de trofeo, ya te apañas con hacerte un par de fotos con él para que la tía Puri vea que eres una chica buena capaz de tener amigos sin necesidad de que vean las sábanas de tu cama que ella tan adorablemente bordó para el ajuar.

Así, cuando Teodoro rehace su vida de camino hace un favor, o no, a todas las amazonas y tías Puri del mundo, que ahora viven felices tomando café en el saloncito decorado con fotos de animales dóciles en lugar de cabezas de fieras… con lo bonito que hacía.